martes, 15 de noviembre de 2011

Impostores’, serie argentina que podemos ver en España desde hace unas semanas en Fox Crime, demuestra perfectamente que lo del público familiar y la hora y media de extensión son simplemente errores. Que otra serie es posible. Que se pueden mezclar los géneros sin problemas. El problema es querer juntar todos los géneros y gustar a todo el mundo. Es la diferencia entre la cocina y el pienso.

Creada por Fabián Bielinsky y basada (más o menos) en su película ‘Nueve Reinas’, ‘Impostores’ es un ‘Leverage’ a la argentina. Como la serie de Timothy Hutton, trata de un grupo de imaginativos estafadores, tipos que viven de engañar con talento. Sin un presupuesto elefantiásico, ambas series consiguen ser emocionantes, entretenidas y muy dignas. La argentina, además, suple la falta de espectacularidad con unos toques de humor realmente brillantes y con la presencia de Federico Luppi como el curioso capo de la banda. No soy precisamente fan de Luppi  (ni de su actitud de “yo, que lo he visto todo y lo sé todo, te voy a decir a ti de qué va la vida”), pero ya quisiera yo uno igual en cada serie española. Además de él, en ‘Impostores’ tenemos al omnipresente Leonardo Sbaraglia y a Leticia Brédice, estupenda mezcla de buscavidas y mujer fatal. Ellos son el triángulo básico de una producción que,  a razón de un caso (perdón, un golpe, un timo) por episodio, cumple los requisitos básicos que tiene que tener cualquier serie para que, como mínimo, nos interesemos por ella: personajes, ritmo y estilo.
Justo lo mismo que no tiene ‘No soy como tú’, el oportunista cuentito vampírico que se estrenó el otro día. En esta cosa, lo que no es prestado es robado y si no, de saldo.  Menudo timazo. Como ha pasado con ‘Cántame cómo pasó’, a veces las fórmulas más obvias para triunfar a lo grande se convierten en recetas del fracaso. o. A ver cuándo aprendemos.
Nota 1: Sigo sin haber visto ‘Sexo en Nueva York 2’. Y sigo sin creerme su recaudación.
Nota 2: Mañana hablamos de Jackie y de su “Blow me!”
Nota 3: Y pasado, de Leslie Knope, que también la echamos de menos, ¿verdad?

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