lunes, 25 de mayo de 2015

Ayahuasca y Jesucristo

REENCUENTRO CON JESUCRISTO
Cuarta Comunión con la Abuela Ayahuasca
(tres meses después de la tercera)


 
Preámbulo
Durante mi cuarta comunión con ayahuasca recibí nuevamente un extraordinario regalo para mi crecimiento. Fue un regalo que me otorgó el Maestro Jesucristo "en persona".
Esta vez mi experiencia no tuvo lugar en Tepoztlán sino en Barcelona, con un grupo más numeroso de gente que no conocía y en un entorno totalmente urbano. Eso de entrada fue bastante distinto, como la experiencia en sí.
En Barcelona están trabajando con los arquetipos de los grandes Maestros para contactar con sus respectivas esencias. Cuando Juan Ruiz me comentó que el tema de esa sesión sería la figura de Cristo, me sentí bastante incómoda. Definitivamente me habría gustado más trabajar con el arquetipo de cualquier otro Maestro, pero con quien tenía que trabajar en realidad era con Jesús. Eso lo sabía ya desde hace tiempo y de hecho tenía la intención de hacerlo... aunque nunca emprendí ninguna acción concreta al respecto. Afortunadamente el magnánimo Universo respondió a mi débil intención y me llevó frente a esta gran oportunidad disfrazada de molestia. ¡muchísimas gracias Universo!

Mi cuerpo molesto
Significativamente todo comenzó con mi cuerpo que no encontraba ninguna postura cómoda. Yo trataba de saludar a la abuela ayahuasca e intentaba establecer contacto con mis guías para solicitarles su ayuda, pero todo esto me resultaba inusualmente difícil. No lograba concentrarme. A cada momento me interrumpía algún dolor en alguna parte del cuerpo.
Pregunté, "¿qué pasa, qué es esto, de qué se trata?" Le pedí a mi cuerpo que se estuviera tranquilo y me dejara en paz.... Pero nada, no podía ni concentrarme en la música; seguía cambiando de posturas obligada por la incomodidad. Así estuve durante mucho rato hasta que María, la esposa de Juan, me dio la segunda dosis a la que de alguna manera creo que ya me estoy acostumbrando antes de entrar a trabajar.



Mi Navidad y mis Reyes
Después de la segunda ronda por fin logré saludar a la Abuela Ayahuasca y a mis guías sin interrupciones. Luego, siguiendo la sugerencia previa de Juan, me dispuse a pedir un regalo de Navidad al Espíritu. En realidad pedí dos, uno de Navidad y otro de Reyes, como cuando era chica.
Ahora que estoy comprometida a luchar contra mi ego, pedí como regalo de Navidad algo que me ayudara en la batalla y rogué que me llegara lo más pronto posible.
De Reyes pedí conocer "personalmente" a todos los espíritus de cada una de las plantas Maestras con las que trabajo para "entrevistarlos" y saber qué quieren que diga de ellos en mi investigación. Quería "charlar" con cada una para dejar de escribir sólo de lo que yo experimento, de lo que yo deduzco, leo, conjeturo y creo acerca de cada una de ellas. Pensé que me gustaría dejar de monologar y escucharlas para saber qué es lo que quieren que escriba de ellas, qué es lo que quieren que la gente sepa de ellas.
Esto lo pedí a mediano plazo, lo cual significa para mí que ocurra en algún momento, lejano o cercano, ¡pero en esta vida; no en una próxima!

Rindiéndome antes de comenzar la batalla
Después de la tregua para pedir mis regalos, regresé a la incomodidad corporal. Me molesté un poco pero como no tenía intenciones de enfrentar un round con mi ego utilizando mi cuerpo, pensé: bueno, pues si mi cuerpo quiere quedarse tirado, me rindo y me tiro, no hay problema...
Me acosté y me cubrí con la frazada azul cielo que nos prestaron. Quería hacer un experimento: rendirme antes de comenzar la batalla.
Resulta que últimamente estoy aprendiendo con Lazaris cómo construimos nuestra realidad atrayendo hacia nosotros todas las situaciones que nos llevan a demostrar nuestras creencias. Estoy comenzando a comprobar cómo es que a partir de cada creencia que sostenemos, se generan actitudes automáticas en torno a las cuales giran nuestros pensamientos y sentimientos para configurar nuestra realidad.
Entrevistando a mi amigo Emilio sobre su primera y única experiencia con ayahuasca, vi que él seguía su propio patrón supracognoscitivo, por llamarlo de alguna manera; esto es, que tenía una forma peculiar de acercarse al Espíritu.
Resulta que en el desarrollo de su vida espiritual, él siempre ha tenido que desafiar diferentes pruebas porque así lo han enseñado sus maestros. Entonces, según yo, como ya trae ese patrón inculcado, en la experiencia con ayahuasca no podía más que encontrarse con que la Abuela -como su maestra en esta ocasión- también le pondría un desafío ya que su creencia básica previa consiste en que para acercarse al Espíritu primero hay que vencer un desafío. Y efectivamente se encontró con que la Abuela Ayahuasca le planteó un desafío específico.
A partir de éste y otros análisis que he hecho sobre las experiencias de diferentes personas con otras plantas maestras, me puse a buscar mis propios patrones supracognoscitivos.
En el caso de la ayahuasca, encontré que como referencias previas a mi primera experiencia tenía el conocimiento de que la palabra ayahuasca significa soga del ahorcado, según había leído; y de que el ahorcado debía ser el ego para que resucitara el apu, según nos dijo Juan. Entonces, mi creencia básica previa era que para entrar en contacto con mi Ser, primero debía ahorcar a mi ego.
Encontré que en mis tres experiencias anteriores estaba perfilándose esa creencia como un patrón común. Revisando mis recuerdos hallé que en la primera parte siempre había una batalla campal con mi ego, con mucho dolor y muchas lágrimas como resultado; luego, dependiendo de mi actuación en la batalla, pasaba entonces a la segunda parte donde contactaba con mi Ser plena o parcialmente, dependiendo de qué tan bien había logrado ahorcar a mi ego en cada ocasión. En la primera y en la segunda me fue muy bien, pero en la tercera no porque me quedé en el berrinche de todavía no tener "ojos" para ver a mis Maestros.
En esta cuarta comunión, quería ver qué pasaba si me rehusaba al combate durante la primera fase. Quería saber si lograría o no contactar con mi Ser o qué onda. Por eso fue que me rendí ante las exigencias de mi cuerpo y me acosté sin ofrecer resistencia alguna.

El huevo morfínico
En cuanto cerré los ojos me imaginé dentro de un gran huevo blanco. Mi cuerpo estaba flotando en la posición en la que me encontraba acostada, completamente extendida boca arriba, mirando hacia la lejana cúpula. Todo a mi alrededor era un hermoso líquido blanco plateado con reflejos iridiscentes en color verde fosforescente. Era una verdadera belleza y por si fuera poco... se estaba tan bien allí...
No sé exactamente cuánto tiempo me la pasé en aquel sitio, pero me pareció muchísimo. Estaba tan cómoda, tan a gusto, tan plácida, que no tenía la menor intención de moverme a pesar de que en algún punto recordé que esa no era la mejor postura para la espina dorsal. En esos momentos elegí abandonarme al placer de estar flotando en aquella mala postura y me olvidé del asunto.
Me encontraba en el centro de lo que consideré una auténtica piscina analgésica, algo que provocaba un letargo parecido al sueño pero sin estar dormida, una auténtica... placidez morfínica!
Y así estuve hasta que cruzó por mi mente la idea de que bien podría quedarme en tal estado hasta el fin de la sesión si no hacía algo por salir de allí. Lo primero que se me ocurrió fue cambiar de posición. Pensé que lo mejor sería sentarme, pero mi cuerpo no tenía ninguna intención de hacer tanto esfuerzo y yo estaba tan aletargada que sólo pude girar sobre el costado derecho hasta adoptar una ensayada posición fetal con las piernas juntas y recogidas, el brazo derecho en el piso y el izquierdo reposando en el contorno de mi cadera, tratando de mantener los hombros extendidos hacia atrás para dejar el pecho despejado.

La evidencia de mi cuerpo
El huevo blanco desapareció durante el giro, pero el letargo no. Me quedé un rato disfrutando la música hasta que me percaté de que en algún momento, sin que yo lo notara, mi cuerpo había abandonado la postura en la que concientemente lo dejé, y había adoptado la comodidad de su chuequísima posición preferida.
Cualquier posición que requiera que mi espina dorsal esté recta, que mi pecho esté descubierto o que mis piernas y brazos estén colocados simétricamente, me resulta incómoda después de cierto tiempo; y si no estoy poniendo atención en mantenerla, automáticamente se deshace y mi cuerpo retorna a alguna de las posturas cerradas que le gustan.
Aquí necesito hacer un breve flashback para explicar que gracias a la providencia, entre las amables personas que me hospedaron en sus casas durante mi estancia en Barcelona, la mayor parte del tiempo estuve en el hogar de Carme y Antoni Munné, una pareja de restauradores corporales. Tony ha escrito tres libros para dar a conocer su Sistema Analítico Restaurador Corporal o microgimnasia (Inteligencia Corporal, según mi tía Angélica).
Esta notable pareja de la tercera edad, con su amor y la evidencia de sus armoniosos, abiertos, equilibrados y gloriosos cuerpos catalanes, me está enseñando que el cuerpo es como plastilina y todo daño puede ser reparado con amor y paciencia.
Ambos me hicieron ver las deformaciones que ha sufrido mi sistema óseo debido a las fuertes contracciones musculares, cosa que mantiene desequilibrado a mi cuerpo físico con las previsibles consecuencias para el resto de los cuerpos. Según estoy comenzando a entender, estas contracciones musculares no son otra cosa sino producto de respuestas emocionales distintas al amor. El cuerpo se cierra y eventualmente se deforma como respuesta automática frente a cosas como el miedo, el enojo o el dolor.
El amor es el único que abre el cuerpo, o más bien, el cuerpo solo se abre ante el amor, según tuve oportunidad de comprobar durante mi Segunda Comunión con Ayahuasca.
En esos instantes de mi cuarta experiencia, era evidente que no estaba en el amor, estaba en un letargo ante el cual mi cuerpo reaccionó adoptando su chuequísima y comodísima posición preferida para dormir:
Tenía ambos brazos cruzados sobre el pecho; cada mano estaba aferrando el hombro contrario; la cadera estaba girada casi por completo sobre el costado derecho; la parte delantera de la pierna diestra se encontraba extendida sobre el suelo, mientras la pierna izquierda -doblada como formando un cuatro con la otra- yacía medio volando y medio apoyada en el piso; todo lo cual provocaba que parte del abdomen tocara el suelo también.
Desde que recuerdo siempre había despertado en la misma postura. Gracias a los consejos de Tony ahora estoy intentando dormir en una posición fetal bastante estudiada para dejar de contribuir al desequilibrio y lograr un verdadero descanso.

Historias personales intrascendidas
En la charla previa a la ceremonia, Juan mencionó el hecho de que todos los presentes, de alguna manera o de otra, seguramente tendríamos alguna mala experiencia con las tergiversaciones de la iglesia católica en relación a la figura de Cristo. Dijo también que simplemente había que trascenderlas para pasar al contacto directo con la esencia de Jesús y llegar a comprender el significado de la Navidad.
Simplemente trascenderlas... El drama completo de mi presente encarnación gira en torno a una interpretación católica errónea y Juan pedía simplemente trascenderla... Para mí esto equivalía a trascender prácticamente toda mi vida. Sé que no soy la única, sé que probablemente hay millonde de casos similares, pero eso lo sé recientemente. Antes no lo sabía y aún sigo luchando contra el programa cultural resultante de aquella interpretación errónea.
Como ya había trabajado bastante sobre esto a en los talleres de Inteligencia Emocional de mi tía Angélica, pensé que podría seguir el consejo de Juan y simplemente saltar por sobre ello para seguir con el objetivo de la sesión. Y así lo estaba haciendo hasta que me observé en esa postura automática tan cerrada.
Mi cuerpo tiene la columna desviada, y como consecuencia, las rodillas están giradas hacia adentro y los pies no tienen arco. Los hombros también están girados hacia adentro. Y por si fuera poco, está todo el sobrepeso del miedo... que en realidad no es tanto como mi ego se empeña en hacerme sentir, pero está (esto último fue una acotación suya por supuesto).
Tony me dijo que antes de comenzar a arreglar mi cuerpo físico primero tenía que reconciliarme con él. Entonces se me ocurrió escribirle una carta para agradecerle su gran resistencia y su asombrosa capacidad de recuperación y desintoxicación, pero terminé expresándole cuánto lo odiaba y cuan disgustada estaba con su aspecto.
Cuando terminé de escribirla lloré mucho porque me di cuenta de que verdaderamente nunca habían salido cosas tan ofensivas de mi mente. Nunca antes había insultado a nadie de esa manera, y lo peor del caso era que el objeto de tan inusual agresión, no estaba afuera de mí, sino yo dentro de él...
Aquel día no logré reconciliarme con mi cuerpo. Por el contrario, me sentí muy avergonzada por tener tal grado de desconexión y rechazo hacia una parte tan imprescindible de mí misma.
En esos momentos de la experiencia, al ver cómo fue que mi cuerpo se cerró tan automáticamente, al ver como trataba de autoprotegerse, al ver como defendía a toda costa el corazón cruzando los brazos sobre él, y al ver cómo escondía el abdomen o quizá los órganos sexuales... me di cuenta de que estaba tratando de protegerme. Mi cuerpo estaba resguardando con todas sus fuerzas mi corazón... y al cerrar también el plexo, estaba tratando de protegerme ¡nada menos que de mis propios sentimientos!
Me llegó de golpe la visión de todo el sufrimiento, de todo el dolor, de todo la culpa y de todo el miedo que yo misma almacené en este cuerpo inteligente que se veía forzado a deformarse con tal de protegerme.
En ese mismo instante todo mi odio se derritió y me conmoví hasta las lágrimas.
Vi una secuencia de distintas imágenes de gran dolor en mi vida. Algunas de la niñez y otras de la adolescencia. Sin saber por qué me detuve en una en la que estaba dentro de un auto estacionado frente a una farmacia. Tenía la puerta abierta y estaba agachada porque en pleno ataque de dolor físico y emocional, la nariz comenzó a sangrarme. 
Recuerdo que mientras lloraba no podía dejar de admirar las formas y tonalidades que iba creando mi sangre al combinarse con mis lágrimas para encharcar el pavimento. No obstante, sólo se me ocurría pensar que mi propia sangre estaba abandonando tan elegantemente mi cuerpo porque ni siquiera ella quería estar dentro de mí...
Esta escena cúspides de una época en la que llegué a considerar el suicidio como una eutanasia, tiene origen en una mala interpretación cristiana sobre el pecado y la culpa.

Santas frustraciones
Cuando era niña quería ser santa, especialmente quería imitar a Santa Teresa, San Juan de la Cruz o Santa Sor Juana, que eran los santas que escribían (Sor Juana no es santa para la iglesia, pero para mí siempre lo ha sido porque sin una línea directa con el Espíritu, me parece imposible lograr la cadencia y profundidad de sus sonetos).
Desde niña me atraía esta cuestión de escribir, pero antes que ello, me fascinaban la idea de colaborar en la salvación de las almas y el sueño de lograr una relación tan íntima con Dios como para experimentar los arrebatos místicos que describían los santos escritores.
Mi abuela paterna (una abogada franciscana de la Tercera Orden que tenía azulejos con sus sonetos y oraciones preferidas por todo el jardín y el interior de su casa), así como las monjas de mi escuela y la amistad de mi familia con diversos sacerdotes, obispos y arzobispos, conformaron mis creencias infantiles en torno al bien, el mal, el pecado y el castigo.
La culpa la descubrí yo sola a los siete años, cuando al experimentar un abuso sexual por parte de un hombre mayor, mi carrera hacia la santidad se vio súbitamente frustrada.
Según yo, ya no podía ser santa. Ya no había ninguna manera, ninguna posibilidad. De la noche a la mañana, perdí mi más grande anhelo y pasé al miedo más profundo.
Durante varios años crecí sintiéndome sucia, culpable, inmerecedora de todo perdón y avergonzada  por haber disfrutado el peor de los pecados posibles.
Entre los catorce y los quince años, cuando los astros y las hormonas se confabularon para reactivar mi sexualidad, tuve que romper totalmente con la iglesia católica porque simplemente no podía coexistir en ambos ambientes sin volverme loca. Pero aún así, los estragos psíquicos siguieron allí trabajando soterradamente hasta que llegué a la universidad y mi maestra de italiano me recomendó leer Volevo i pantaloni, un libro de Lara Cardela. Así me enteré de que la valiente chica recién galardonada por esa su primera obra, describía su infancia y su deseo de ser como los hombres para soslayar la impotencia que le produjo haber sido objeto del abuso sexual de su tío cuando era niña. Su tío, al igual que el mío, nunca le habló, nunca le dirigió la palabra, nunca le ordenó que se quedara callada; ni siquiera le pidió que ocultara las cosas o que mintiera; y sin embargo, ¡ambas lo hicimos!
Cuando terminé de leer el libro, a los 19 años, finalmente me enteré de que yo no era la única niña perversa sobre la faz del planeta Tierra y pude comenzar a hablar del asunto.
Doce años después de los hechos se inició mi recuperación que ha ido avanzando lenta pero progresivamente. Hace dos años, cuando fui a hablar con mi tío, me di cuenta de que no había un culpable y una víctima sino dos personas sufriendo aún por un viejo hecho. Cuando él era niño le ocurrió lo mismo que luego repitió conmigo. La culpa había inundado todos los espacios de su vida, la de su esposa y la de sus hijos. Tuve que ocultarle todo lo que yo había sufrido porque a todas luces era injusto pensar siquiera en agregar algo más a su pesada carga. Sentí tanta compasión por él que terminé intentando convencerlo de que se perdonara a sí mismo y viviera sin autocastigarse el resto de su vida.

Los usos de la adversidad
Hace unos meses tuve un acceso de furia cuando en una sesión de Inteligencia Emocional escuché hablar a Sandy, otra chica de mi edad. Le ocurrió algo similar y estaba describiendo su reciente aborto y casi el mismo patrón de estragos que he sufrido yo.
No sé por qué pero observar a cualquier otra persona sufriendo a causa de la culpa, la vergüenza y el auto odio, siempre me había parecido aún más injusto y más indignante que mi propio caso. Quizá en algún resquicio de mi conciencia aún sentía que yo sí lo merecía; o a lo mejor, como sé lo que es sufrir eso, simplemente no podía tolerar que nadie más lo sufriera. El caso es que todo ese día estuve llorando de rabia, furia e impotencia por Sandy, por mí y por todas las personas, hombres y mujeres, que han tenido que vivir experiencias similares.
Por la noche, ya más calmada, le pregunté a mis runas por qué me había ocurrido eso y salió Nauthiz que es como una cruz y significa dolor y limitación. Pregunté qué tenía que aprender de la experiencia del abuso y de nuevo salió Nauthiz. Mi libro de interpretaciones dice: "Considera los usos de la adversidad... Cuando por fin puedas ver a Nauthiz con una sonrisa, reconocerás los problemas, rechazos y retrocesos de tu vida como tus maestros, guías y aliados..."
Hasta entonces no había logrado hacerlo. Y durante esa parte de mi experiencia, mientras observaba los estragos de mi cuerpo, ¡menos aún!
Me parecía totalmente ilógico que tanto dolor acumulado en tan pocos años -y tan intenso como para deformar un cuerpo tan joven como el mío-, pudiera tener realmente algún sentido, algún propósito.
De hecho estuve a punto de iniciar una gran escena de autocompasión aquella tarde en Barcelona, pero me detuve al pensar que esa era otra invitación de mi ego para subirme al ring de nuevo.

Jesús al rescate
Como yo seguía firme en mi experimento de no pelear y no provocarme más dolor, me envolví en la frazada azul que nos dieron y me dispuse a buscar a mi Ser para preguntarle a él cuál era la lección de este drama católico-sexual tan evidentemente reflejado en mi pobre cuerpo físico.
Aún no había salido del letargo y lo único que se me ocurrió fue intentar la segunda meditación de Lazaris para contactar con mi Ser Superior. Bueno, más bien creo que eso también se le ocurrió a mi ego porque no puedes pasar a la segunda meditación sin haber completado más de tres veces la primera y yo aún no estaba lista. En fin... el caso es que comencé a visualizar lo que ocurre en esa segunda meditación, pero lo hice sin fuerza, sin entusiasmo, sin ganas, hasta que llegué al pie de una colina en donde se supone que debía de encontrar a un maestro que me ayudaría a verificar ciertas cuestiones.
Desde abajo visualicé al mismo anciano de ojos azules que encontré en una de las meditaciones anteriores. Lo vi esperándome arriba de la colina que yo iba subiendo penosamente, casi arrastrándome, tal como me sentía en esos momentos. Cuando al fin llegué arriba (haciendo trampa porque me salté muchísimo camino), el anciano me tomó de la mano ¡y me bajó de la colina en lugar de ayudarme con lo que se supone que seguía en la meditación!
La figura que ya no veía claramente sino como una luz, me llevaba de la mano y caminábamos a través de una jungla hasta un claro en el que finalmente me senté para ver que pasaría. Es decir, me senté físicamente porque estaba bastante sorprendida de haber perdido el control de mi propia visualización y quería saber qué es lo que iba a pasar a continuación.
La figura de luz me puso la mano en el corazón, ¡adentro del corazón! Y de inmediato experimenté una especie de reverberación circular que traspasaba mi cuerpo físico y seguía sintiéndose fuera, en otros cuerpos. Aún en pleno desconcierto y en el vértigo de la sensación, reconocí que ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡era Jesús quien estaba tocando mi CORAZÓN!!!!!!!!!!!!!
Supe también qué era lo que estaba haciendo con ello: ¡¡¡estaba sanando el dolor de mi pasado!!! Y comprendí que nada más ni nada menos, ese era su regalo para mí.
Apenas ahora que lo escribo estoy comenzando a vislumbrar la verdadera magnitud de tal regalo.
En aquellos momentos estaba todavía muy aletargada y confundida para lograr hacerlo. Además, todo pasó tan rápido que de repente mi ego me hizo dudar de que fuera cierto. En seguida me presentó imágenes que me provocaron culpa y el acompañante sentido de no merecimiento. Recordé las barbaridades que decía Omar sobre Jesús y me vi asintiendo y disfrutando tales cosas; recordé la época en que mi mejor amigo usaba una sudadera del Anticristo Superestar, su primer seudónimo; me vi arrojando al río que corría junto a mi casa de Tepoztlán el crucifijo de mi amiga Vanya... y de pronto me sentí muy culpable y muy inmerecedora y de inmediato dudé de que lo que había vivido minutos antes fuese verdad.
Afortunadamente Rashil y supongo que todos los maestros allí presentes, se encargaron de recordarme que soy una Princesa, que el amor es absoluto e incondicional y que a la luz y a los enviados de la misma, nos es simplemente imposible resistir el impulso de otorgar este y todo tipo de regalos del amor. John Lilly llama a esto "estar en +12".

El estado + 12
Días antes leí En el centro del ciclón, un libro suyo que Toni me prestó en Barcelona. En él se incluye una tabla muy interesante. Según ésta, el +12 es un estado de conciencia superior, previo al +6 y al +3 que es ya la fusión con la esencia. El +12 es un "Estado de bienaventuranza, realización del Baraka, recepción de gracia divina, amor cósmico, energía cósmica, alerta corporal aumentada, la más elevada fusión de la conciencia corporal y planetaria, estar enamorado de todo, estar en un estado positivo de energía LSD. Estar en el Oth."
Según describe John, en dicho estado de conciencia simplemente es imposible no amar todo lo que te rodea y no querer compartirlo. De hecho, la comprobación de que te encuentras en tal estado de conciencia es el deseo imperativo de que otros experimenten lo que tú estás experimentando porque el amor es sinónimo de compartir. (Ver más al respecto en Cartografía de la experiencia psicoactiva: www.mind-surf.net/drogas/mapas.htm)
Desde que tuve oportunidad de vivir por primera vez en mi vida la plenitud de este estado +12 durante mi Segunda Comunión con la Abuela Ayahuasca, y más aún después de leer a John Lilly, he pensado que todos mis maestros y guías se encuentran por lo menos en este estado y por eso es que están permanente e incondicionalmente dispuestos a ayudarme. Sé que ellos no califican mis actos, no ven mis errores como tales, y por lo mismo, no me culpan, ni me castigan. Ellos sólo tienen paciencia, comprensión, ayuda y ternura inagotables conmigo porque así es el amor.
Entonces le expliqué a mi ego que aunque aún no tengo parámetros para comprender lo que es la conciencia crística, forzosamente está por encima del +12 y por supuesto que Jesús puede otorgar esa y toda clase de regalos, sin siquiera detenerse a considerar lo que él (mi ego) hubiera podido llevarme a pensar o hacer en contra suya.
Gracias a Dios, el amor es totalmente incondicional, al amor no le hace falta nada, el amor no tiene deseos de recibir, el amor sólo quiere dar y compartir. Cada día lo entiendo mejor y cada día siento con mayor intensidad el anhelo de vivir en él... De regresar a él, o más bien, de traerlo aquí que es donde más se extraña y se necesita.

El espíritu de Jesús
Ya más convencida de que Jesús sí podía haberme hecho tal regalo, pregunté si eso me serviría para evitar hacer un ejercicio del Viaje Sagrado de Lazaris, que consiste en regresar a los momentos de mayor dolor en mi vida para amar a la niña o a la adolescente que era en esos momentos.
No había podido hacerlo porque aún no había reunido el autoamor necesario. Lo que quería en realidad era saltarme esa tarea y por eso pregunté, pero casi enseguida comprendí que no, que nadie puede hacer por mí esta clase de tareas ya que son indispensables para aprender a amarme a mí misma tal como soy, en todos los momentos y en todas las situaciones en las que he existido.
¡Pero también supe que en cuanto me decida a intentarlo, voy a encontrar allí a Jesús dispuesto a enseñarme cómo se hace! En cada escena, en cada situación dolorosa a la que decida regresar para sanarme, allí va a estar él junto a mí, simplemente porque él puede y desea proporcionar esta clase de ayuda…
Experimenté a Jesús como un hermano mayor, como un hermano perfecto, eternamente disponible, eternamente dispuesto a ayudarme, aún antes de que se me ocurra solicitar su ayuda.
Y si esto es así, puedo estar segura de que nunca invocaré el nombre de Jesús en vano. Lo cual me hace sentir totalmente protegida.
Cuando comprendí esto volví a experimentar todo el amor y la admiración que sentía por él cuando era muy niña y le rezaba todas las noches, estando sola o con mi abuela.
Le prometí al maravilloso espíritu de Jesús, incondicionalmente listo para enseñarnos cómo es el amor, que el 24 de diciembre celebraría –de corazón– la Navidad. Sé que gracias a la energía de esta promesa conocí a Susan en Ámsterdam, y gracias a Dios pudimos celebrar juntas la Navidad en su coffe-shop, con nuestras mejores galas, con otros amigos, con comida y turrones que su madre envió de Málaga, y con una pequeña dosis de todo el amor que yo me había y le había estado negado al nobilísimo Jesús.

La ficción del dolor
Después de haber comenzado a hacer las paces con Jesús [cosa que concluí ya de vuelta a México en otras circunstancias mágicas], me di cuenta de que en realidad el dolor es una ficción y sólo el amor es real. Regresé a analizar la misma escena donde estaba desangrándome de dolor en el auto estacionado frente a la farmacia y de pronto la vi tal como fue. Es decir, la vi en su contexto, y gracias a ello me llegó la comprensión.
Para empezar, yo no estaba sola. Mi mamá se encontraba en la farmacia comprándome alguna droga legal contra el dolor físico que me aquejaba. Cuando ella entró al auto, me sequé las lágrimas y le pedí que comprara también una caja de klínex. Como mis hemorragias nasales eran algo común en esa época, me vio agachada y se regresó a la farmacia sin comentar nada. Cuando los trajo, me cubrí la cara con ellos, y seguí sufriendo estoicamente sin decir una sola palabra.  Entonces entendí que habría sido tan fácil decirle a mi mamá que me abrazara, que me sentía muy mal; o a mi papá llegando a la casa… o incluso al mismo doctor que me atendió un poco antes... Quizá cualquiera de los tres se habría desconcertado, pero estoy segura de que ninguno de los tres me habría negado un abrazo y la posibilidad de llorar a gusto hasta que el dolor pasara.
Pero esas cosas no se me ocurrían en esa época. No pude recordar lo que hice al llegar a mi casa, pero de seguro me encerré en mi cuarto a escuchar a Nirvana para conmemorar el valor de Kurt Cobain, su vocalista, quien por aquellos días se suicidó dejando una nota que yo me empeñé mucho tiempo en decifrar: It's better to burn out than fade away.
La imagen me dio mucha risa: yo encerrada en mi cuarto escuchando canciones súper depresivas, rindiéndole culto al suicidio y a la muerte, culpándome y/o sintiéndome inmerecedora o avergonzada por algo, as usual, mientras me tomaba mis drogas legales para mitigar el dolor externo que me provocava el interno... y seguramente mis padres afuera comentando lo preocupados que se sentían por mí.
Visto a la distancia y desde esta nueva perspectiva, todo mi dolor me pareció una sofisticada farsa, una ficción que en cualquier momento puede haber abandonado... Si lo hubiera sabido.
Entonces pregunté de nuevo por qué, ¿por qué tuve que pasar por esto? Le pedí a mi Ser, a Rashil, a la Abuela Ayahuasca y a los maestros presentes que me ayudaran a dilucidar esta cuestión y esperé en silencio.
No escuché nada, pero de pronto se me ocurrió que quizá esa no era la mejor pregunta y la reformulé: ¿qué ha pasado en mi vida que no hubiera pasado si no hubiese experimentado ese abuso infantil?
De entrada pensé que lo más probable es que no estaría allí en Barcelona en una sesión de ayahuasca, imaginé que seguramente sería una profesionista exitosa. Como todas mis amigas del Young Career Women, casada o a punto de casarme y pensando sin duda en tener hijos. Y para ser sincera esa imagen no me provocó ningún entusiasmo. Luego pensé que tal vez esa no era la ruta más lógica, que debería de estar haciendo algo más acorde con mi vocación original de santidad, quizá sería monja o misionera. Lo cual tampoco me convenció mucho…
Entonces me di cuenta de que mi vida me gusta muchísimo tal como ha sido, incluyendo todos mis dramas –"reales" y ficticios–, porque lo más seguro es que sin ellos mi búsqueda espiritual no sería tan compleja y fascinante como está siéndo.
Recordé también una frase de mi zodiaco maya (noche lunar azul): "polarizo para soñar, estabilizando la intuición con el tono lunar del desafío", y pregunté si eso tenía algo qué ver. Supe que sí, que de algún modo los extremos de dolor que he tocado van a terminar sirviéndome para algo, aunque desde este punto aún no logre vislumbrar para qué.
Pensé que, dadas las circunstancias, bien podría seguir el consejo de Juan y simplemente abandonar el dolor y olvidarme ya de él de una vez por todas. Entonces estuve considerando las implicaciones de vivir sin el dolor a cuestas.
Entre otras cosas, eso significaría dejar de reaccionar "adoloridamente" frente a futuros acontecimientos que de alguna manera me retrotraigan a experiencias pasadas; lo cual implica rastrear y abandonar las creencias que aún provocan esas reacciones adoloridas. Pensé que tenía mucho trabajo por delante y sorprendentemente, ¡me sentí muy a gusto y conforme con la idea! No hice ningún drama por los años que me pueda tomar hacerlo.
Cada vez tengo menos prisa porque cada vez me cae más el veinte de que en realidad mi única tarea es sacar lo que dentro de mí obstruye el libre paso del amor, que ni siqueira es mío, porque el amor, dada su misma esencia, no puede tener propiedad, ni exclusividad, y mucho menos puede crearse. Yo no puedo crear amor. El amor existe independientemente de mí propia existencia. De hecho yo soy quien existe gracias a él y lo único que realmente puedo hace es permitir que el amor circule a través de mí, que me llene de sí y se vierta a otros a través de mí.
Apenas ahora comprendo que al borrar el dolor de mi pasado gracias al inconmensurable regalo de Jesús y a los consejos de Juan, puedo realmente liberarme de las pesadillas de mi pasado y puedo regresar a mi vocación infantil de santidad con todo su poder original. Puedo retomar libremente mi aspiración a la santidad en el punto mismo de inocencia y entusiasmo en el que la suspendí. Y puedo hacerlo con renovada claridad y conciencia ya que en muchos sentidos lo he estado haciendo sin darme cuenta…

"Ciega y sorda"
Me encontraba muy feliz en esa parte de la experiencia y me sentía muy confiada. Gracias a ello me atreví a preguntar otra cosa que no entendía y me estaba molestando mucho.
Hace tiempo venía saliéndome muy seguido una runa invertida. Se llama Uruz y de cabeza significa: "Sin ojos para ver y oídos para escuchar no podrás aprovechar el momento. El resultado bien puede ser la pérdida de una oportunidad o el debilitamiento de tu posición".
Cada que me salía me enojaba mucho porque mi ego la reinterpretaba como "estoy ciega y sorda, y no puedo avanzar porque aún no sé cómo diantres conseguir esos dichosos ojos y oídos". Así pues, me armé de valor y pregunté qué significaba eso en realidad y cómo podía cambiarlo.
Poco después de formular mi pregunta comencé a percibir una oscuridad total que me asustó mucho hasta que pude percibirme como una especie de concha envuelta sobre mí misma, oyendo sólo mis pensamientos, viendo únicamente hacia mí misma; preguntando y escuchándome yo sola; sin permitir la entrada de nada externo por estar tan absorta y ocupada conmigo misma.
La imagen me asustó y me provocó mucho rechazo. Estuve a punto de comenzar a reclamarme a mí misma, pero mejor me reí y con mi risa, la concha se transformó en una semilla. Me percibí –todavía en medio de la oscuridad– como una semilla nuevamente encerrada en mí misma. Sentí que ya estaba dispuesta a germinar y enseguida comencé a experimentar una gran incomodidad y mucho miedo. Hasta que "salí" a la superficie y me acostumbré a sentir y a ver el sol. Después pude percatarme de que no estaba sola, de que había otras plantas alrededor de mí, muchas, muchísimas más y me sentí muy acompañada.
En esos momentos abrí los ojos y pude percibir, tenuemente, que había mucha más vida en aquel cuarto de la que podía ver con mis ojos.
Volví a cerrarlos y comprendí que la soledad y el aislamiento son cosas artificiales que yo creo al estar egocéntricamente dialogando solo conmigo misma. Y entendí que eso no me ocurre sólo en la vida física, como cuando me encerraba en mi cuarto y dejaba fuera toda la ayuda y la compañía que mis papás u otras personas podían brindarme. Eso también me ocurre con el mundo extrafísico porque en el fondo aún actúo cartesianamente; esto es, ante la duda de si existe Dios o no, mejor actúo como si existiera, para no estar desprevenida por si acaso existe realmente.
Con mis maestros extrafísicos sigo ese razonamiento cartesiano. Como aún no los percibo ni los distingo claramente, actúo como si existieran; lo cual ha estado bien como un primer paso, pero si no me libero de lo que resta de la duda, seguiré sin percibirlos claramente.
Luego me puse a considerar que eso de no tener ojos y oídos quizá no significaba nada de lo que hasta entonces pensaba que eso significaba. O sea: abrir lo que sea que entiendo por "el tercer ojo" para ver auras humanas y campos energéticos; y escuchar, cual si tuviese unos audífonos puestos, voces distintas a la mía adentro de mi cerebro… como si en verdad mis pensamientos tuviesen una voz auditivamente distinguibe, o como si todo lo que he experimentado gracias a mi imaginación no hubiese requerido de un sistema interno de visión; de alguna especie de proyector, alguna clase de pantalla y unos ojos que ya existen dentro de mí puesto que he visto cientos de veces las escenas de mi imaginación. Y también he escuchado las voces de mis guías y maestros, muchas más veces de las que mi ego me ha permitido distinguir de entre todos mis "entendí, comprendí, capté, me di cuenta, supe que", etc.

El último desafío
Sentí que mis maestros estaban muy contentos conmigo porque al fin emprenderé acciones concretas para fortalecer mi fe en ellos clarificando con ello nuestra comunicación. Me sentí como una princesa súper consentida, con toda la ayuda del Universo a mi disposición. Y lloré de emoción.
Al poco rato mis manos comenzaron a moverse solas. Cuando abrí los ojos para ver qué estaban haciendo, vi que no efectuaron ningún mudra raro o nada que yo no pudiera o supiera hacer. Cuando pregunté por qué, me respondieron con otra pregunta:
–¿Cuál es el último desafío del guerrero espiritual?
–Abandonar el control– contesté muy eficiente.
–¿Y cuándo piensas soltarlo princesa?
–¿Es por eso que tampoco veo las cortinas de sirenas al comienzo de la experiencia?
–Es precisamente porque crees que esas visiones son cortinas de sirenas y crees que no hay que verlas para no caer en la tentación y proseguir con el viaje.
–¿Y si prometo atarme al mástil podré verlas?
Tide yourself and try it princess.
No logré ver nada y comencé a enojarme conmigo misma porque no era capaz de percibir lo que deseaba; hasta que me detuve a pensar que siempre hago eso, las cosas siguen sin funcionar y de hecho terminan saliendo peor. Entonces "entendí" que el amor no es sólo la mejor arma para luchar contra mi ego, sino que es la única arma, porque todas las demás son de él.

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Sobre mi Regalo de Reyes
Hace unos días, salí por la noche a fumar marihuana en un parque cercano. Estuve pensando en los diferentes efectos de las variedades de Cannabis que probé en Amsterdam y pensé que de alguna manera había pedido un regalo de Reyes que ya tenía: ¡ya estoy en contacto, ya estoy dialogando con todas las plantas Maestras que han estado y estarán modificando mi conciencia! Y lo que escribo sobre ellas es resultado de un oblicuo diálogo con ellas. Es resultado de lo que quieren que escriba sobre ellas; porque en muchos casos, son ellas quienes me buscan a mí y no yo a ellas. Como el floripondio que literalmente se coló en mi capítulo de las plantas solanáceas o como la marihuana que se me regala cuando menos lo espero, o como los pajaritos que salieron a mi encuentro cuando me enseñaron a recogerlos o como el hongo venenoso que me transmitió un intensísimo dolor en la muela para que no lo siguiera mordiendo…
Definitivamente las plantas maestras ya tienen un diálogo establecido conmigo, me protegen, me cuidan y me dan siempre un trato preferente... me aman y yo a ellas. Lo que ocurre es que siempre he tenido expectativas fijas –producto de mis parámetros hollywoodences– respecto a cómo deben ser las cosas. Y al buscar encontrarlas tal como presupongo que son, no he sido capaz de reconocerlas estando frente a ellas. Pero bueno, lo más sorprendente de esto es que al otro día de haber descubierto esto, ¡me enteré de que la noche anterior había sido la noche de Reyes! ¡¡¡Así es que sólo me resta repetir mi extrema y permanente gratitud al Universo entero!!!

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