jueves, 4 de octubre de 2012

Giordano Bruno y el arte de la memoria


A su amor a Dios, su panteísmo extremo, su creencia en la pureza de la fe original y su modelo de copernicanismo universal, Bruno unió lo que no tardaría en pasar a ser un arte agonizante, una rama de la tradición hermética que hoy en día nadie tacharía de mística, el «arte de la memoria».

Escribió cinco libros muy importantes sobre el tema, y aunque dichas obras son muy reveladoras y supusieron una gran contribución a la disciplina, sólo son cinco de los casi cinco mil textos sobre el tema que ya existían en el Renacimiento.10 Durante toda la historia humana que va hasta la invención de la imprenta, una memoria prodigiosa era una habilidad muy apreciada. La capacidad de obtener información en cualquier forma sobre prácticamente cualquier tema es algo que hoy en día damos por hecho. 

No necesitamos recordar el argumento de nuestra novela favorita, porque siempre está ahí para que podamos releerla. No necesitamos retener la armonía de una sinfonía o las pinceladas de un cuadro, porque están registrados y han sido reproducidas una y otra vez. Si vamos a hacer un discurso siempre podemos utilizar un monitor en el que irá apareciendo el texto, y si impartimos una clase o predicamos, disponemos de una amplia gama de recursos; pero para el intelectual de la época anterior a la imprenta, los textos eran escasos, copiados a mano y sumamente caros: había muy poca información registrada, y la poca que existía solía ser difícil de encontrar.

El arte de la memoria (o mnemónica) es un tema que ha sido minuciosamente documentado desde la Antigüedad, y los griegos, romanos y alejandrinos invirtieron un considerable esfuerzo en desarrollar distintas maneras de mejorar la memoria. En tiempos de Bruno dichas técnicas habían alcanzado un alto grado de refinamiento, pero empezaban a convertirse en obsoletas a causa de la proliferación de la palabra impresa. Mas para él, seguían poseyendo un inmenso poder que proporcionaría otra hebra a su elaborado tapiz filosófico.

Bruno disponía de una rica herencia en la cual basarse. El primer libro conocido sobre el arte de la memoria fue el anónimo romano Ad Herennium (h. 80 a.C.). Fue uno de los primeros libros traducidos al italiano, y ejemplares de él terminaron en las bibliotecas de todos los grandes pensadores de la época. Los preceptos básicos del arte no cambiaron en los siglos durante los que fue utilizado. Tomás de Aquino y Alberto Magno estudiaron la mnemónica con gran entusiasmo y escribieron profusamente sobre el tema. Los místicos y alquimistas que siguieron el camino hermético también utilizaron las técnicas de la memoria para conservar en su mente complejos rituales y los detalles de alambicados experimentos. Para proteger sus secretos, a menudo preferían confiar sus descubrimientos a la memoria antes que registrarlos en forma escrita.

La esencia del arte consiste en la habilidad de mejorar la memoria mediante ejercicios de mecánica mental. Cuando es necesario recordar una compleja masa de información, primero ésta debe ser separada en secciones relevantes con respecto a distintos temas. Luego éstos deben ser dispuestos en algún orden, quizá jerárquico, alfabético o cronológico. Acto seguido, cada fragmento manejable de información es vinculado a un objeto material que pueda ser recordado con facilidad. Dicho objeto material puede ser un lugar, una cosa o una persona. El mejor ejemplo es un método para memorizar una larga lista de nombres, números o cualquier otra forma de información. En primer lugar, la lista es dividida en secciones y luego los fragmentos más manejables son asignados a la habitación de una casa. Dentro de cada habitación, los distintos fragmentos de información son asignados a distintos objetos. Si la técnica es seguida al pie de la letra, vastas cantidades de información pueden ser recordadas con sólo pasear mentalmente por la casa e ir cogiendo aquellos objetos a los que ha sido asignada la información.

Un truco muy útil para convertirse en el centro de atención durante una fiesta, desde luego. Pero para Bruno aquellas técnicas representaban mucho más que un juego. Para Bruno, su arte de la memoria era un valioso método para recordar y rememorar todo lo aprendido, y si se lo combinaba con la fascinación por los símbolos tan típica de los ocultistas, podía llegar a proporcionar una estructura para su meticuloso sistema cristiano-hermético. Bruno creía que una memoria mejorada podía aumentar el poder de la psique de tal manera que la mente y el espíritu podrían acceder al gran plan secreto del universo.

Para llegar a entender esto, antes tenemos que analizar la filosofía de Bruno etapa por etapa. Primero surgió el concepto de la universalidad y la infinitud. Bruno insistía en que el individuo y la raza eran partes elementales de una unidad, que hay un universo en todos nosotros y que todos somos parte del universo. 

En segundo lugar, las formas puras de la antigua religión fueron combinadas con la belleza de las enseñanzas originales de Cristo y las de otros grandes profetas y magos de la Antigüedad. A continuación llegaron las nuevas visiones proporcionadas por la embrionaria «ciencia» de la época. 

La filosofía natural había creado una doctrina para trascender y refutar las falsas nociones de Aristóteles, revelar la corrupción de la Iglesia y disipar la oscuridad generada por el Concilio de Nicea. Finalmente, todas esas nociones combinadas podían ser entendidas y representadas mediante símbolos y rituales ocultos (tal como el cristianismo también era descrito y representado con símbolos y rituales), los cuales serían accesibles a una mente fortalecida por una memoria mejorada.

Bruno vivía en un mundo donde la inmensa mayoría de la gente apenas entendía las cosas que adoraban. Dominadas por el miedo, Dios era, para la mayoría de las personas de aquella época, un Creador todopoderoso y la máxima autoridad. Pero, en igual medida, la plebe también temía a la naturaleza, la hechicería y el mundo de los espíritus. Bruno creía poder elevar a los hombres por encima de aquella mísera existencia, emancipando, enriqueciendo y confiriendo un nuevo poder. Cada individuo, creía, cada elemento del gran universo y cada parte del Uno podían comprender al Todo y llegar a servirse de él para crear un mundo infinitamente mejor.
Bruno escribió unos treinta libros a lo largo de una carrera literaria que abarcó dos décadas.

 En ellos, su aparentemente compleja (pero en el fondo maravillosamente simple) doctrina creció y se desarrolló. Algunas de esas obras —como la última, De imaginum signorum et idearum compositione [Acerca de la composición de imágenes, signos e ideas]— se centraron en el arte dé la memoria, en tanto que otras, particularmente La cena de le ceneri [La cena del miércoles de Ceniza] y De la causa, principio et uno [De la causa, el principio y el uno], ambas de 1584, son ataques contra Aristóteles y desarrollan el peculiar copernicanismo universal de Bruno. Otra de sus obras más famosas es Spaccio de la bestia trionfante [La expulsión de la bestia triunfante], la última de un quinteto de obras maestras que fueron escritas y publicadas en Londres a lo largo del mismo año, 1584.

En ella, posiblemente su obra literaria más lograda, Bruno utiliza la alegoría de una lucha entre los dioses paganos del mundo antiguo para atacar la autoridad de la Iglesia, satirizando, burlándose y poniendo al descubierto todas las inconsistencias y flaquezas de lo que consideraba una religión hecha por el hombre y fabricada en el Concilio de Nicea. 

En su última obra, De vinculis in genre [Acerca de los vínculos en general], que quedó incompleta y sin publicar debido a su arresto en Venecia, Bruno estuvo muy cerca de llegar a unificar los elementos dispares de su filosofía en un todo coherente. Era un libro que muy bien habría podido convertirse en su testamento más completo; lo estaba terminando de escribir cuando volvió a Italia con intención de supervisar su impresión, cuando fue arrestado en Venecia. De vinculis in genre también sirvió de base al documento que Bruno quería presentar al Papa a modo de explicación de su doctrina.

Con sus obras más ambiciosas publicadas en 1584 y dentro de los fragmentos rescatados de De vinculis in genre, Bruno había escrito una serie de tratados a los que les faltaba muy poco para Ilegar a crear una gran síntesis, una nueva filosofía omnicomprensiva que representaba un paradigma mental auténticamente original. 

Lo que había hecho, creía él, era nada menos que urdir la trama para una nueva religión. Pero ¿qué esperaba conseguir con su obra? ¿Cuál había sido su meta durante aquellas dos décadas de esfuerzos, y qué le faltaba de su misión cuando abandonó Fráncfort para regresar a Italia?

Para responder a esto, antes tenemos que recapitular los enfrentamientos políticos y religiosos que dominaron la cultura europea durante el siglo XVI. Como hemos visto, la Europa del Renacimiento se disponía a entrar en un futuro de comercio global caracterizado por una inmensa expansión de las formas en que la gente se comunicaba, viajaba y registraba la información; pero seguía viéndose acosada por los conflictos ideológicos. Mientras Bruno recorría Europa, la Contrarreforma se encontraba en su apogeo, las cazas de brujas se habían convertido en el deporte favorito de los inquisidores, y el continente se debatía en una serie de sangrientos conflictos derivados de los enfrentamientos doctrinales y una intolerancia endémica.

La auténtica mecha que hizo estallar el conflicto fue el enfrentamiento ideológico entre católicos y protestantes; y Bruno, como católico desilusionado pero no convencido por el protestantismo, mantenía la inconmovible convicción de que podía tender un puente sobre el abismo que se interponía entre ambas facciones. Su método no tenía nada que ver con la diplomacia o el debate, sino con hacer borrón y cuenta nueva y ofrecer una página en blanco encima de la que se pudiera escribir una nueva doctrina. Estaba convencido de que los pensadores liberales, tanto protestantes como católicos, podrían entender su visión, apreciarla y terminar adoptándola.

Como era habitual en él, el método que escogió para alcanzar dicha meta era absolutamente personal. Durante los años ochenta, Bruno no se tenía por ningún Lutero o Calvino, pero sabía que podía comunicar lo que pensaba y que era un profesor tan dotado como carismático. 

Creía que su mejor oportunidad de conseguir un cambio significativo radicaba en influir sobre quienes eran mucho más poderosos y estaban mucho mejor relacionados que él. En vez de presentarse como una especie de mesías de la nueva era, pretendía utilizar para dicha tarea a alguien reconocido como un estadista de categoría mundial. Bruno lo educaría y lo inspiraría con su revolucionaria filosofía y, a través de aquella figura, establecería un nuevo orden mundial basado en una profunda espiritualidad, una universalidad y un hermetismo cristiano.

En su primer intento pensó utilizar a Enrique III de Francia. Entre ellos había surgido una estrecha amistad y Bruno parece haber ejercido una gran influencia sobre la manera de pensar del rey, pero finalmente las presiones políticas existentes en un país que recientemente había experimentado los peores extremos del conflicto religioso interno fueron excesivas incluso para las habilidades diplomáticas y el agresivo individualismo de Enrique. A pesar de todo, el monarca francés —que no había perdido su fe en las ideas del filósofo de Nola— envió a Bruno a Inglaterra y permitió que se introdujera en las capas superiores de la sociedad inglesa.

El que Bruno compusiera sus principales obras en Londres entre 1583 y 1585 no fue ninguna coincidencia. Seguro de sí mismo y más visionario que nunca, Bruno se hallaba en el apogeo de su capacidad creativa. Su síntesis de copernicanismo universal, cristianismo y lo oculto había alcanzado la madurez, y supo expresar su ingeniosa doctrina empleando el vehículo del drama y el diálogo (una técnica que Galileo y otros imitarían más tarde). Y.en Inglaterra, Bruno encontró su segunda oportunidad de educar y convertir a un monarca, una figura lo suficientemente poderosa para influir sobre las mentes de los hombres y provocar un cambio radical.

Para Bruno, Isabel era la encarnación del monarca utópico y universal; aquel que podía unir y clarificar, iluminar y sembrar el progreso. También compartía muchos de los intereses espirituales de Enrique. Después de que Isabel hubiera sorprendido a los líderes europeos confiriendo la Orden de la Jarretera a Enrique, y durante un corto período de tiempo alrededor del momento en que Bruno visitó Londres, las relaciones entre Inglaterra y Francia fueron excepcionalmente cordiales e incluso se habló de que los dos países formaran una alianza contra el Papa. Pero Bruno se equivocó al depositar sus esperanzas en la soberana de Inglaterra. Por mucho que pudiera apreciar a Enrique, Isabel no tenía ninguna intención de unir a católicos y protestantes mediante la filosofía. 

Deseaba la unidad, pero únicamente a través de medios tan convencionales como el acuerdo diplomático y las espadas de sus soldados. Isabel era una soberana que confiaba ciegamente en sus consejeros y guías; sus ministros más conservadores aborrecían a John Dee, pero al menos Dee era inglés. Bruno, que era visto por muchos ingleses como un hombrecillo insufrible, ampuloso y pagado de sí mismo, debió de ganarse su enemistad prácticamente desde el primer momento; y de hecho, dos años después de su primer encuentro con Isabel, Bruno regresaba al continente sintiéndose desilusionado y ya no tan seguro de sí mismo.

Bruno pretendía unir a los liberales de ambos campos, y la clave para ello estribaba en encontrar una manera de que católicos y protestantes pudieran ponerse de acuerdo sobre el significado de la Eucaristía, un concepto básico para ambas fes. De todas las incompatibilidades doctrinales que se interponían entre Roma y la religión protestante, la interpretación de la Eucaristía era la más profunda. Los protestantes mantenían que los componentes terrenales de la Eucaristía meramente representaban la carne y la sangre del Señor, pero los católicos no se conformaban con eso. 

Roma insiste en que la comunión significa consumir la materia divina en el sentido más estricto del término, con el pan y el vino siendo la carne y la sangre del Salvador.

Bruno quería tratar a la Eucaristía como un ejemplo supremo de la manera en que se podía negar el conflicto. Su interpretación del proceso se basaba en la unión. 

El pan y el vino, al igual que el cáliz y el paño, las vestimentas sacerdotales, las piedras de la iglesia y la saliva de los creyentes, eran una y la misma cosa. Bebiendo el vino y comiendo el pan, los fieles entraban en conjunción con la gran «unicidad del universo». 

Creando ese tercer camino, Bruno imaginaba que pondría fin a las discrepancias suscitadas por la Eucaristía. Y entonces todas las discrepancias doctrinales podrían ser superadas con idéntica facilidad.

La cena del miércoles de Ceniza probablemente sea la obra más leída de Bruno y la más absorbente: Se centra en una cena celebrada en Westminster, no muy lejos de donde su autor estaba viviendo por entonces (la residencia del embajador francés, cerca de Fleet Street). Los invitados constituyen una selecta representación de la intelectualidad londinense, y a lo largo de la cena discuten sus creencias y debaten los temas que más preocupaban a Bruno. 

Naturalmente, la cena es alegórica y la comida y el vino son los elementos de la Eucaristía, que en ese momento ocupaba el centro de las preocupaciones filosóficas de Bruno. La historia se inicia con una discusión sobre Copérnico y va progresando, a través de sus interlocutores, hasta llegar al tema del copernicanismo universal para ofrecer la noción que Bruno veía como una fuerza galvanizadora: la Unicidad de la Naturaleza.

Bruno encontró nuevos seguidores en Inglaterra y cultivó relaciones ya consolidadas. La más importante de ellas era su amistad con el famoso cortesano, soldado, diplomático y poeta Philip Sidney, pero ni siquiera esta relación pudo contribuir a mejorar sus posibilidades de encontrar una solución práctica al conflicto entre católicos y protestantes. Los libros de Bruno, aunque influyentes y muy leídos entre la elite, no impresionaron a Isabel, ni a nadie que tuviera importancia en la corte (aparte de Sidney). Además, y para ser justos con  Bruno, debemos ser conscientes de que el calidoscopio de la política y las lealtades religiosas europeas había vuelto a ser sacudido mientras él estaba en Inglaterra. 

Durante el verano de 1585, los católicos habían conseguido imponerse en Francia. La madre de Enrique, Catalina de Médicis, una brillante diplomática a pesar de que ya tenía sesenta y cinco años y padecía sífilis, había negociado una paz temporal entre los protestantes y los católicos franceses que mantendría alejadas del reino de su hijo a las potencias extranjeras. 

Aunque dichas acciones sólo proporcionaron una solución temporal a los problemas religiosos de Europa, durante un tiempo los monarcas volubles y los políticos ambiciosos dirigieron su atención hacia otros lugares. Como consecuencia de ello, en octubre de 1585 Bruno ya había regresado a Europa y estaba intentando encontrar una nueva vía para sus convicciones.

A lo largo de cinco años siguió escribiendo, dando numerosas disertaciones y desarrollando muchas e importantes nuevas amistades durante los viajes que ocuparon los años de libertad que le quedaban. Y en 1590, o tal vez a comienzos de 1591, Bruno había llegado a la conclusión de que si quería alcanzar su meta de unir al mundo fragmentado de la religión, sólo había un hombre que podría ayudarle: el mismísimo Papa.

Bruno pasó los meses anteriores a su decisión de regresar a Italia viviendo en Alemania y Suiza, lejos de Roma y del peligro. 

Hubiese podido permanecer allí, disfrutando del mecenazgo de ricos cabalistas y ocultistas, enseñando y gozando de cierta seguridad. Con todo, eso también habría significado aceptar la derrota, la capitulación total y el estancamiento. Bruno no podía enfrentarse a semejante perspectiva. Lo que hizo fue dar la espalda una vez más a las convenciones y rehuir el camino más fácil. Dio inicio a su última obra, una gran recapitulación de la totalidad de su canon, un texto que resumiría toda su doctrina y que, creía él, cautivaría al Papa. 

Por esa razón, en octubre de 1591 llenó sus baúles, recogió sus papeles, convenció a su amanuense Herman Besler de que lo acompañara y salió de Fráncfort para instruir al noble Mocenigo en la tierra de sus antepasados, aquella tierra de la que había huido hacía doce años.

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