jueves, 4 de octubre de 2012

Giordano Bruno


Bruno era consciente del poder de la magia ritual y la tradición oculta, pero sabía que una gran parte de ellas no eran más que superstición, fantasía descabellada y meros deseos tomados por realidades. Sabía que la magia ritual producía resultados, pero lo atribuía al poder hipnótico del ritual en sí. Sabía que los símbolos y los encantamientos pueden ejercer una poderosa influencia sobre la mente, y que los resultados dependían de las motivaciones de los participantes. 

Si la intención de uno es corromper o desestabilizar, entonces el resultado podría ser definido como «magia negra», mientras que los «magos blancos» recurren al proceso ritual para producir un resultado positivo o, cuando menos, neutral. En cualquier caso, el poder del ritual siempre depende de las características mentales y emocionales de las personas involucradas y no tiene nada que ver con fuerzas externas como espíritus o demonios. La única fuerza que actúa es el poder de la mente humana.

Bruno sentía una empatía natural hacia la teología precristiana de los antiguos egipcios, y la consideraba más próxima a la fuente de la Verdad. Para Bruno, las antiguas enseñanzas poseían una pureza y una simplicidad que todavía no habían sido mancilladas por una organización corrupta, en tanto que consideraba a la Iglesia y sus estamentos administrativos como una fuerza destructiva.

Hoy en día nuestra percepción de lo oculto y la magia es muy diferente a la que tenían los hombres del Renacimiento. Si llegamos a pensar en esas cosas, visualizamos lo oculto como algo oscuro y aterrador, la trama de una película de serie B, o lo desechamos como meramente fantasioso. Pero Bruno, quien epitomizaba el enfoque de la inmensa mayoría de intelectuales del Renacimiento, consideraba lo oculto como un patrón de ideas, una red de conceptos a la cual se podía acceder para adquirir una mayor comprensión del universo. 

El Renacimiento dio cuerpo al concepto de la fusión de disciplinas aparentemente inconexas, y la intelectualidad del siglo XVI pensaba de la misma manera con respecto a lo oculto. Muchos filósofos se dedicaron con entusiasmo a amalgamar ideas procedentes de la tradición hermética con la filosofía natural, el arte, la poesía, el estudio del lenguaje, la retórica, la medicina, la música e incluso la arquitectura y la ingeniería, en un intento de producir una dinámica que acabase llevando a una gran revelación. De hecho, la esencia del gran logro de Bruno radica precisamente en su convicción de que podía mejorar sencillamente el mundo si fusionaba con éxito la filosofía natural y la tradición oculta, las antiguas religiones y el cristianismo.

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