sábado, 9 de junio de 2012



Destellos de diamante




Ya no hay excusas para no haber visto Diamond FlashLa primera película de Carlos Vermut ha ido pasando de boca a oreja desde hace unos meses, como un secreto a gritos, y ahora se sirve en streaming desde Filmin, para todos aquellos que quieran adentrarse en sus profundidades. La vi hace ya un tiempo en un pase de La Casa Encendida y el efecto perdura intacto hasta hoy. Pocas películas tan insólitas como esta. Extraña y fascinante, incomparable de principio a fin, a ratos malsana y a ratos muy divertida, violenta y alucinógena. Como un Tarantino de garaje o un primer Almódovar puesto al día, Vermut ha renunciado a una espectacularidad que no se podía permitir y ha tejido una historia que parece hecha de otro tipo de materiales. Con sangre y vómitos y con historias alucinantes, con madres e hijos y con superhéroes que aparecen para salvarnos del terror cotidiano, pero todo eso contado de forma susurrada, en los interiores de unas pocas casas madrileñas, en planos fijos y aparentemente sencillos, con actores desconocidos o no profesionales.
La sensación de estar ante una película casera no solo no juega en contra de la película sino que aumenta su sensación de extrañeza y la hace mucho más impresionante, aterradora por momentos. No recuerdo otra película que ponga en escena, y de forma tan precisa, semejantes enrevesamientos argumentales, entre el melodrama y el cómic, utilizando diálogos naturalistas pero muy elaborados dentro de espacios así de reducidos, feístas, claustrofóbicos, humanos, demasiado humanos. Sería inútil intentar resumir la trama. Si dijéramos que trata sobre violencia de género, mujeres maltratadas, pederastia, quizá más de uno se pondrá en guardia. Hay mucho de todo eso y me produce ciertos escalofríos recordarlo. Todavía me pregunto cómo ha podido Carlos Vermut atreverse con un material tan sensible, llegando a cruzar incluso ciertas barreras de seguridad vial y moral, saltando sin red para salir airoso sin que lleguemos a comprender del todo cómo ha logrado hacerlo.
Sin duda hay un cineasta inconsciente en Carlos Vermut, pero esa inconsciencia es también marca de los grandes cineastas. Lo más sorprendente es que se trata de su primera película. Vermut proviene del mundo de cómic y sólo después de hablar un rato con él me di cuenta de hasta qué punto había trasladado la técnica y el lenguaje de ese mundo a su primera película. Casi todos los planos de Diamond Flash podrían pertenecer a las viñetas de un tebeo o de alguna novela gráfica, apenas hay una sola panorámica o moviento de cámara, pero en ningún momento uno echa de menos esa clase de recursos. El movimiento está en otra parte, en el ritmo interno de cada uno de los planos, en el manejo de los tiempos, los diálogos, los resortes dramáticos. Hay auténticos giros de trescientos sesenta grados en un solo plano fijo, secuencias largas y asombrosamente estiradas que de repente se replantean enteras en una sola frase y que nos obligan una y otra vez a cuestionarnos la película que estamos viendo. Ahí reside gran parte de su capacidad hipnótica.
Es difícil adivinar por donde nos lleva esta película, el placer está en dejarse arrastrar por ella; funciona por superposición de capas, de historias y de personajes que se renuevan cuando menos lo esperamos. Armar una película de esta manera me parece muy difícil y muy admirable, nos exige como espectadores pero nos hace disfrutar mucho si logramos instalarnos en ella, aunque nos cambien de asiento más de una vez. Me interesa menos cuando al final la película nos obliga a encajar las diferentes piezas del puzzle de la trama, podría parecer que la película consiste en eso;  prefiero sus agujeros negros, lo que deja a la imaginación. Lo mejor de Diamond Flash es que está llena de imágenes que sólo podemos escuchar, entrever, imaginar. Historias extraordinarias contadas desde lo infraordinario. Es una manera de hacer cine muy práctica y sin embargo muy poco practicada. Seguramente porque no sólo es arriesgada sino mucho más difícil aún. Pero resulta que hay un tipo entre nosotros que se atrevido a coger una cámara y unos cuantos actores técnicos y se ha lanzado a una aventura insólita, delirante y fascinante, que abre una nueva puerta hacia el cine que podemos hacer. Por mi parte sólo puedo celebrarlo y brindar por ello. Otro Vermut, por favor. 

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