miércoles, 1 de julio de 2009


Para Schopenhauer hay una analogía entre la secuencia temporal propia de la melodía y la conciencia humana. La conciencia conecta todas sus partes en un flujo vital unificado. La melodía, por su parte, es una secuela de tonos en un proceso que tiene un principio y un final, pasa por etapas que presuponen secciones anteriores y que apuntan ha una continuación más o menos esperada.

Lo mismo ocurre con la vida Humana consciente, cuyo sentido une en una sola secuencia temporal un pasado que se conecta con un futuro esperado. Para Schopenhauer es propia de la melodía la alternancia de disonancias y reconciliaciones y dos elementos: el ritmo y la armonía. En el plano armónico la melodía se desvía de la tónica hasta que en un cierto momento es alcanzada una nota armoniosa: aquí se produce una satisfacción incompleta a partir de la cual la melodía retorna a la nota fundamental, con lo que se logra la plena satisfacción.

Para que esto ocurra es necesario que los momentos armoniosos sean apoyados por el ritmo que acentúa ciertos compases. Así, en ciertos puntos los intervalos armónicos coinciden con el ritmo acentuado y en otros se separan, de manera que hay momentos de descanso y puntos de satisfacción.

La sucesión de consonancias y disonancias le permite a Schopenhauer establecer vínculos entre la alegría y las melodías que transitan del deseo a la satisfacción en ciclos rápidos. En cambio, la tristeza es representada por melodías lentas que usan disonancias dolorosas y que tardan muchos compases antes de retornar a la tónica.

Y así, en esta línea, asimila el allegro maestoso, con sus largos pasajes y desviaciones, a las nobles fuerzas dirigidas a un objeto lejano que por fin es alcanzado. Un adagio se refiere al también noble sufrimiento que desprecia la felicidad superficial.

A podamos comparar esta paradójica situación a aquel extraño experimento realizado por Goethe, que tanto le gustaba a Schopenuer: había organizado para la representación de algunas de sus obras a unos cortesanos que sólo se sabían su papel, pero desconocían el conjunto de la pieza hasta que llegaba el día de la presentación en público.

La vida, creía Schopenhauer, era una representación este género, donde los actores desconocen el parlamento de los más. El teatro cerebral de las emociones podrá ser algo similar: sólo cuando aparecen representados en el escenario público externo adquieren un sentido pleno.

Las artes, especialmente la música son como una cámara oscura —como un teatro dentro del teatro o una escena dentro de otra escena— que permite ver los objetos mayor pureza y abarcarlos de una sola ojeada. La ventaja de la Jca sobre el resto de las artes, cree Schopenhauer, es que mientras éstas reproducen sólo sombras aquélla representa esencias.

Antonio Damasio se le ocurrió aplicar la metáfora de una partitura musical a la mente. Los flujos de imágenes, que constituyen la contrapartida interna de lo que observamos, son como diferentes partes musicales de una partitura orquestal en la mente, que represetan escenas externas, objetos, sentimientos y emociones.

Cree, sin embargo, que hay una porción de la partitura interna para la cual no hay una contraparte externa precisa, y es la que entona el sentimiento de identidad propio de la autoconciencia. Damasio piensa en la música como una metáfora de la manera en que diversos grupos de instrumentos concurren para formar un flujo coherente.

La música real que escuchan las personas es, además de una metáfora útil, también una prolongación externa de esos incrementos y decrementos en la de sustancias químicas transmisoras de las neuronas subcorticales que se asocian a sensaciones de aceleración o freno y de placer gusto. Las alucinaciones musicales que sufren algunas personas afectadas de sordera —equivalentes a los miembros fantasma c comentado— podrían indicar que, cuando se interrumpe el t información acústica, los circuitos cerebrales que convierten nidos sencillos en patrones complejos buscan la música en mona y la procesan como si proviniera del exterior. A falta necesarios estímulos provenientes del exterior, en algunas p los circuitos internos fabricarían su propia prótesis fantasma.

El propio Damasio escribe que “la tristeza activa consistente las regiones medias de la corteza prefrontal, el hipotálamo y el cortex cerebral, mientras que la cólera o el miedo no activan ni la prefrontal ni el hipotálamo’. Sin duda las emociones proc dos” y señales en el cerebro que apenas se han comenzado a d frar. Por lo pronto los neurocientíficos escuchan y registra concierto de sincronías, discordancias, frecuencias en la osc.. periódica, velocidades de los disparos neuronales, sustancias misoras que inhiben o estimulan y modulaciones de intensidad.

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