lunes, 8 de diciembre de 2008


El profesor ha dedicado los últimos años a estudiar un proceso que identifica como de “transculturación” entre Oriente y Occidente. Se centra en el arte por razones estéticas y epistémicas: el arte (ya lo señaló Baudelaire) un núcleo de sensibilidad histórica. El círculo de la sabiduría, su obra monumental, resulta también de una amabilidad serena. Eleva como poesía y atrapa como una novela policial; hay un aliento como de “sophia-detectivesca” en un investigador erudito que narra el descubrimiento de una afinidad cultural imprevista.

En una posición disonante respecto a las visiones de moda sobre el hecho transcultural intercivilizatorio, Gómez de Liaño califica de “vaga” y “difusa”, en gran medida “conjetural”, la influencia del budismo en Occidente; sin embargo, cree radical la que el helenismo ha tenido sobre la India en arte, arquitectura, astronomía, lógica, medicina, literatura, teatro. Y argumenta su posición de manera bastante hábil: se basa precisamente en estudios de importantes eruditos hindúes actuales. Hace unos años dijo al respecto a la revista Letra internacional (No.50-1997): “…los mandalas budistas se basan en los diagramas gnósticos o maniqueos, lo que, en mi opinión, se debe a que ignoran que el ideario de estos grupos se formulaba, al igual que el de los mantrayanistas, en forma de diagrama”.

Con esta orientación argumentativa enriquece la visión de Grecia al resaltar que no sólo trataron de avanzar en el desarrollo del pensamiento lógico, sino también en el “pensamiento memorístico”, “representativo” o, quizás mejor, “gráfico”; que no se reduce, como suele decirse, a auxiliar de la lógica. Todos los racionalistas clásicos consideraron que el pensamiento tiene una importante base metafórica y que el ejercicio de la razón no es independiente de la creencia en los mitos. Cita como fuente necesaria el Ars memoriae del poeta Simónides de Ceos y a los pitagóricos. Al respecto concluye: “En el siglo VI a.c. se inician, pues, dos vías (la una estrictamente filosófica y la otra psico-experimental) que acabaran confluyendo en los diagramas del gnosticismo, a través del eslabón intermedio de los misterios occidentales de Mitra”.

El profesor Gómez de Liaño me entregó su libro La mentira social que poseía una virtud compuesta: asumía los problemas políticos y morales que caracterizan al “intelectual clásico” y, por otra parte, se situaba en la vanguardia en cuanto a expresión literaria, metodología y referencia filosófica.

Fue el 2 de noviembre de ese intenso año que para mí fue el 1997 que lo visité en su casa del viejo Madrid. Todo allí era paciencia, sencillez y sabiduría. Habían libros y símbolos por todas partes. Fue muy sincero y aseguró que en el campo de la investigación social la cuestión no es tanto saber las cosas como atreverse a decirlas.

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