lunes, 27 de septiembre de 2010

El Idioma de la Imaginación: Ensayos Sobre la Memoria, la Imaginación y el Tiempo - Ignacio Gómez de Liaño

EL IDIOMA DE LA IMAGINACIÓN
En el año 1591 se publica en Francfort, en la imprenta de Wechsel y Fisher, el último tratado que Bruno escribió sobre la memoria.
Su título completo dice así: Sobre la composición de imágenes, signos e ideas con vistas a todo género de invención, disposición y memoria.
Invención, disposición y memoria son tres de las partes en que los retóricos clásicos dividían su arte.
Como es habitual, Bruno no hace más que conservar designaciones consagradas por la tradición, adaptándolas a sus propios planes.

No se limita Bruno a enseñar cómo se inventan o hallan te mas, se disponen u organizan discursos, y se memorizan, sino que expone todo un sistema general de invenciones temáticas que es, al mismo tiempo, un sistema de ordenación de las facultades psíquicas y morales, de clasificación de materias, y de organización del pensamiento, además de, naturalmente, un elaborado método de afianzar la memoria y educar la imaginación.

En el espíritu de síntesis que preside la obra, se ve claramente el empeño unificador con que Bruno trata de amalgamar la lógica y la retórica, la psicología y la ontología; de integrar cultura y vida, pensamiento y sentimiento en un todo coherente.
Los términos imagen e idea que aparecen en el epígrafe re quieren alguna explicación.
Las imágenes, además de su significación tradicional, significan también, más particularmente, aquellas imágenes de tipo emblemático o jeroglífico tan en boga durante el siglo xv.

Por idea no ha de entenderse en el título de la obra la noción platónica de esencia inteligible o arquetipo transcendente al mundo, sino, como en otros textos de Marsilio Ficino y Cornelio Agrippa, o en el De umbris idearum, del propio Bruno, la de imagen talismánica provista de virtualidades astrales.
De la importancia intelectual que el autor concede a esta obra se perciben ecos muy claros en la epístola proemial, dirigida a J. H. Hainzeil, en la que Bruno dice que le presenta un trabajo «largo tiempo concebido y guardado sobre los principales partos de mi ingenio» .
El autor, asimismo, parece querer conferir a su tratado un nimbo religioso y misterioso, al poner en la portada la sentencia Credete et intelligetis, «Creed y entenderéis».
¿Por qué este recurso a la fe?
¿No será que con la publicación de su tratado el autor pretende ante todo transmitir un mensaje religioso, una nueva forma de religiosidad?

El destinatario de la obra, Johann Heinrich Hainzeil, natural de Ausburgo y señor de Elgg o Elcovia, era un individuo acaudalado, interesado por la alquimia, y amigo de acoger en su casa a quienes se distinguían en el campo de las ciencias ocultas. Bruno, que venía de Praga, corte del emperador alquimista Rodolfo II, en la que publicó algunas de sus obras mágico-matemáticas más importantes, residió en la casa de Hainzeli durante varios meses, y allí redactó probablemente este trabajo que el propio autor considera definitivo en lo referen te a la magia y la memoria.

Francfort, la ciudad donde lo publicaría, era un centro editorial especialmente abierto a este tipo de trabajos.

En cuatro partes, más un proemio y un apéndice, cabe dividir el De imaginum. Constituye la primera parte lo que podría llamarse filosofía general del idioma bruniano de la imaginacion y la memoria, de su sagrada «lengua de los dioses». Además de los principios filosóficos en que se basa el sistema, se explican allí sus fundamentos y requisitos semiológicos.
En la segunda parte, o Morfología, se exponen y justifican filosóficamente, con una teoría de las imágenes y la luz, las reglas para la construcción de imágenes mentales. Estas imágenes son los jeroglíficos o caracteres figurativos de que se compone el idioma-sistema.
En la tercera parte el autor, después de introducir la sección con una compendiosa filosofía del lugar, desarrolla la Sintaxis de la lengua.
Trátase de una sintaxis de tipo espacial, que enseña a edificar sistemas de lugares mentales y a recorrerlos debidamente. Dentro de esos lugares habrán de colocarse las imágenes cuya confección aprendimos en la sección precedente.
Los lugares de la memoria son, para emplear la conocida comparación de Cicerón, como tablillas de cera en las que se graban los signos o caracteres. Constituyen, pues, el soporte material de las imágenes y definen, asimismo, el orden en que están colocados los artículos que se quieren recordar, contemplar o comunicar con las inteligencias ocultas.
En la cuarta y última parte de la obra, Bruno desarrolla la Semántica en la que se integra su sistema-idioma. Trátese de un vasto léxico organizado por temáticas o campos semánticos e ideológicos de acuerdo a principios astrológicos y talismánicos firmemente establecidos por la tradición. Ocupa todo el segundo libro del De imaginum.
Lo que llamamos apéndice de la obra constituye de hecho todo el tercer libro, y es una refundición de los Treinta Sellos publicados en Londres. Aparte del carácter sistematizador propio de los sellos, encuéntranse en ellos, elípticamente, afirmaciones de tipo filosófico o metafísico.
El De imaginum está escrito, en conjunto, con un estilo directo, conciso y aristado, como si el autor hubiese querido ir directamente al asunto y definir claramente sus posiciones en una materia tantas veces tratada anteriormente por él.
Redactada a la manera de manual —de un manual de alto nivel ciertamente—, no deja por ello de entrar en el fondo de las cuestiones.
Estudiemos, antes de penetrar en la primera parte de la obra, el proemio, cuya importancia filosófica es considerable.

En seguida defínanse allí las coordenadas dentro de las cuales ha de inscribirse el tratado: «La idea, la imaginación, la ficción, la configuración, la designación, la notación son la universal obra de Dios, la naturaleza y la razón, y débese a la analogía de estos planos el que la naturaleza pueda representar admirablemente la acción divina, y que el ingenio humano (como intentando cosas más elevadas) pueda, por ello, emular la operación de la naturaleza».
Tras este tajante reconocimiento de la íntima analogía que subyace a los diferentes planos del ser, y de que es en virtud de los signos de la realidad como se produce el modo de relacionarse y de obrar Dios, Naturaleza y Razón, Bruno reúne toda la ciencia y capacidad de obrar en el principio según el cual todo resulta de la disposición ordenación composición y variación combinatoria de unos pocos elementos como se ve en la aritmética y en la gramática

En el Sello II, El Estandarte, del Libro III, se dirá que «todo está en todo» y «todas las cosas son uno en verdad y todas están en uno». Análogamente se expresará en otras partes del De imagi num, como en el Sello IV, «Proteo en la casa de Mnemosjne» Y asimismo se había pronunciado en la Intención •a del De umbrjs.
Esa ciencia primera de la informabiljdad y convertibilidad universales se corresponde con la luz sustancial, de la que es una imitación la solar o sensible, la cual nunca se pone en el horizonte del alma. « que te diga —agrega— por qué son tan pocos los que saben y aprehenden? ¿Por qué (digo) juz gamos que esa luz está lejos, estanto hasta tal punto presente ante nosotros en un cielo tan grande? Porque el ojo ve las otras cosas, y a sí mismo no se ve. Pero, ¿cuál es aquel ojo que ve las demás cosas como se ve a sí mismo? Aquel que en sí mismo ve todas las cosas, y él mismo es todas las cosas»
Con estas preguntas y respuestas, Bruno va esbozando su arte o método: es como un ojo, atento siempre a la luz, que ve en sí mismo todas las cosas, y mediante las cosas a sí mismo, de suerte que puede convertirse en un ser divino y en un microcosmos descubierto.
Ahora bien la naturaleza humana no permite que la inteligencia se capte a si misma de una manera simple e indivisible, como Dios o los ángeles, ya que la sustancia del hombre se descubre en el movimiento y la cantidad, aun cuando no sea en sí misma ni móvil ni cuantitativa. De ahí que diga Bruno: «así tampoco nuestro intelecto se ve a sí mismo en sí mismo, sino en una cierta especie exterior, en imagen, figura, signo» En apoyo de esta afirmación aduce la gnoseología aristotélica, recogida en De anima, según la cual «entendernos (esto es, entender las operaciones de nuestro entendimiento) o es imaginación o no es sin imaginación», «no inteligimos a no ser que especulemos con imá genes».

Pues bien, el sistema mnemónico del De imaginum va a ser el, «espejo terso y plano» mediante el cual la inteligencia humana podrá comprenderse a sí misma; «por ello, según la facultad ensanchada con las imágenes claras y patentes de las cosas, que vienen a nuestra contemplación, nos encaminaremos a la felicidad suma en el múltiple género del acto».
Esta obra, por lo tanto, será útil, según Bruno, para los gramáticos, poetas y oradores, y también para los médicos, astrólogos, adivinos, mecánicos, teóricos y toda clase de personas.
Aunque su exposición pueda hacer pensar que todo se reduce a una yana discusión gramatical, Bruno rechaza esta equivocada interpretación de la obra y asevera al mismo tiempo el valor filosófico de su arte. El autor cierra el Proemio diciendo que la lectura de su obra no requiere la perspicacia de un Edipo o un Tiresias. «Sin embargo, nadie, salvo que así acaso se lo haya creído, entenderá quizá todas las cosas y de todos los modos. Nadie empero se sentirá frustrado con la lectura, a no ser que esté ciego.»
Esta advertencia liminar disculpa de antemano nuestros posibles errores de interpretación.
Abordemos, pues, dentro ya de la Sección Primera, la filosofía general del sistema-idioma, que sumariamente queda expuesta en el capítulo inicial, «Sobre la luz, el rayo y el espejo».
Estos tres términos ajústanse a la visión tripartita que Bruno tiene del Ser.

El ente se distribuye en tres encabezamientos metafísico, el físico y el lógico, cuyos tres principios universa le Dios,la naturaleza y el arte, de los que proceden tres clases de efectos, el divino, el natural y el artificial.
Aunque Bruno no precisa en el texto qué se ha de entender por «la luz, el rayo y el espejo», fácilmente se infiere que son imágenes tomadas de Plotino, de las que un Ficino y Agrippa hicieron abundante uso, y que sirven para expresar a Dios, fuente de luz e inteligencia, a la Naturaleza, rayo de luz que fluye de la divinidad, y a la razón humana, espejo que refleja en su inteligencia, valiéndose de un arte adecuado, la luz divina a través del rayo procedente de ésta.
Reserva Bruno, en ese capítulo, el término idea para designar la especie de las cosas en el plano metafísico; esta especie, en el plano físico o natural, la denomina forma real o vestigio de la idea, y en el plano lógico, artificial o humano recibe el nombre de razón, esencia o intención, y en terminología cara a Bruno, el de sombra de la idea.

Una nueva e importante precisión: su obra no trata de las ideas metafísicas o divinas ni de las cosas naturales, sino de las esencias o especies mentales, en las cuales, por otro lado, está toda la virtud de aquéllas.
El idioma de la memoria bruniana es, pues, un idioma de sombras.
Por ende, el autor asevera que no instituye un método sobre las cosas mismas sino sobre los signos de las cosas o su designación. Su idioma-sistema no se reduce a los limites de un arte sino que constituye un método y es a la vez una elaboración semiológica dado que es en los signos de las cosas donde Bruno, anticipándose a Kant y a los semiólogos de nuestro tiempo, asegura que está fundado el poder del entendimiento y la analogía de los distintos planos del Ser.
En sus tratados de magia, Bruno no vacila en afirmar que la capacidad humana de obrar maravillas y de comprender la naturaleza y los designios divinos depende de un adecuado conocimiento y empleo de signos. Mediante signos, imágenes y simulacros el hombre puede influir en la naturaleza y la divinidad. 

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