domingo, 19 de octubre de 2008

Por un lado estaba Giordano Bruno (ver Yates, 1964 y 1966), quien atribuía una

enorme importancia a lo imaginario en la construcción del arte de la memoria, del otro lado estaban los

estudiosos de Cambridge que, bajo la influencia de Pietro Ramo, negaban a las imágenes y a lo

imaginario toda utilidad en los procedimientos de la memoria. Según las afirmaciones de Ramo, tales

procedimientos asumían únicamente un valor lógico. Si contrastamos estas ideas con la descripción

lacaniana de la posición jubilosa del niño a partir de los seis meses frente al espejo (Lacan, 1966),

podemos considerar que la posición jubilosa, que contiene la ambigüedad de gozo y terror, sufre aquí

una escisión histórica de enorme importancia. El espejo que en una parte de Occidente se vuelve fuente

de gozo y voluntad de poder, se vuelve en otra parte señal del demonio.

Pero cómo es que el self se ha sustantivado a partir de la propia negación y no a partir de la

propia afirmación? El aspecto afirmativo de la alegría consiste en el propio reconocimiento, el aspecto

del terror, en cambio, en el reconocimiento de la propia finitud. En la finitud, la ficción. El primer

aspecto de esta autonomía es: “espera un momento, aquí estoy yo”, el segundo es: “yo soy así”. La

tematización sucede sólo en este segundo movimiento, el reconocimiento de algo todavía no constituye

su tematización. En el caso puritano la tematización asume una connotación radical porque la cuestión

del límite se asume como una negación radical del júbilo que me da, en principio, la imagen del sí

mismo. Este júbilo es una ficción (fiction), una traición.

En la tradición hebraica los espejos son puros instrumentos de los demonios y se los conoce

como a “los grandes imitadores” (Singer, 1986, 1992) no sólo en el sentido de la imitación simiesca (la

imágen hace lo que hacemos imitándonos simiescamente como en el juego infantil de la imitación

exagerada del otro), sino también porque nuestra imágen está atrapada en el espejo: nos hace creer que

somos sólo lo que vemos. No podemos olvidar, en esta tradición, al spemet de Primo Levi (2000), el

espejo metafísico inventado por Timoteo, el fabricante de espejos. Se trata de un espejo de minúsculas

dimensiones que, puesto sobre la frente del interlocutor, permite verse desde su perspectiva.

La cuestión del espejo, como bien lo ha comprendido Lacan, es una cuestión dramática. En el

espejo me veo a mí mismo transformado. El hemisferio izquierdo de mi cerebro se vuelve el derecho,

todas las asimetrías son invertidas y, en general, todo punto de la superficie de mi cuerpo proyectado

sobre el plano del espejo es parte de un grupo de transformaciones proyectivas. Al mismo tiempo

parecería que Levi, al inventar el spemet, había comprendido la dinámica del espejo en la relación: el

espejo es el Otro, las transformaciones proyectivas entran en el juego de lo imaginario y se deforman

permaneciendo, sin embargo, como grupos de transformaciones.

El De umbris

idearum de Giordano Bruno es del 1582, aunque un mago del siglo XIV atribuyó un Liber de umbris

idearum a Salomone. Siguiendo a Bruno, su discípulo Alexander Dicson publicó en 1583, en Londres,

el De umbra rationis et iudicii, siue de memoria virtute Prosopopaeia. Segun la tradición bruniana el

arte de la memoria es, antes que nada, un arte figurativo. En cuanto tal se trata de un arte inventivo y

mágico.

Lo que caracteriza a este enfoque es la idea de que la memoria es un instrumento estupefaciente

y siniestro (uncanny). Si pensamos en el mnemonista de Luria (1988), o bien en los relatos en torno a

las extrañas performances de personas con trastornos neurológicos (de Goldstein [1963], Merleau-

Ponty [1945] y, más recientemente, de Sacks [1995]) se comprende que la mente humana tenga mucho

de la potencialidad creativa y evocativa ya descrita por Giordano Bruno. El puritanismo anglosajón, al

combatir al conjunto de las ideas brunianas, se ligaba a las tecnologías de la memoria propias de la

tradición de Raimondo Lullo y Pietro Ramo. Esa tradición, como observa Yates, se caracteriza por un

“tibio acercamiento [...] a los lugares y a las imágenes y por su propensión a poner el acento sobre el

orden en la memoria”. Una tradición que habría hecho reir a Quintiliano. Ramo, que murió con los

hugonotes en la noche de San Bartolomeo, había simplificado el arte de la memorización a través de

una técnica pedagógica en la cual el sujeto organizaba el material a recordar en un orden esquemático

de lo general a lo particular. De este modo el funcionamiento mnemónico podía prescindir en buena

medida de las imágenes y de lo imaginario (que no eran sino un modo de aumentar la redundancia y,

desde esta perspectiva, el riesgo de volverse equívoco) para reemplazarlos por un modo simple y

certero. El procedimiento step by step, que tiene un solo riesgo: la falta de atención del que memoriza

durante el proceso de codificación de datos. Una codificación correcta durante el proceso de

memorización favorecería una rememoración más eficaz, afirmación que, a la luz de las

investigaciones con tomografías de emisión de positrones (PET) resulta problemática en la medida en

que las áreas de codoficación (encoding) y aquellas de recuperación del recuerdo (retrieval) parecerían

ser, sorprendentemente, del todo diferentes.


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